"Cualquier producto es residual en un pequeño fragmento del ciclo, pero es la materia primera para el siguiente fragmento del ciclo".
Ramón Folch, ecólogo
El enlace para la entrevista completa:
http://www.observatoriodigital.net/bol200en.htm
Blog de Naturaleza, especialmente flora, con fotografías tomadas en distintas excursiones, incursiones, ascensiones o viajes. Además, según sople el viento, puedo transitar otros caminos
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- José Vicente Ferrández
- Monzón, Huesca, Spain
- "El paisaje cercano lo consolaba tanto como a otros les consuela la religión o la música". Robert Macfarlane, The Old Ways
lunes, 23 de noviembre de 2009
jueves, 19 de noviembre de 2009
El otoño avanza ... y a ratos retrocede
Fotos hechas ayer en Olvena. Amarillos, rojos, tostados, todo indica que el invierno se acerca, a pesar de lo que dicen los termómetros.
En este lugar, favorecido térmicamente, hay muchos elementos de flora mediterránea, como Daphne gnidium, Pistacia lentiscus, Smilax aspera, Celtis australis, Viburnum tinus, Arbutus unedo, Phillyrea latifolia, Micromeria fruticosa o Asparagus acutifolius.
También plantas introducidas venidas desde las orillas del pantano de Barasona, como Aster lanceolatus o Lippia filiformis, y árboles como Robinia pseudoacacia o Ailanthus altissima.
Carrizal y chopera-sauceda en el congosto de Olvena

Daphne gnidium en fruto (tóxico, por cierto)
Amelanchier ovalis. Sí, en flor ayer mismo, como pasa en otoños cálidos como éste. Las yemas preparadas para la primavera siguiente revientan antes de lo previsto y así tenemos una segunda floración extemporánea.
En este lugar, favorecido térmicamente, hay muchos elementos de flora mediterránea, como Daphne gnidium, Pistacia lentiscus, Smilax aspera, Celtis australis, Viburnum tinus, Arbutus unedo, Phillyrea latifolia, Micromeria fruticosa o Asparagus acutifolius.
También plantas introducidas venidas desde las orillas del pantano de Barasona, como Aster lanceolatus o Lippia filiformis, y árboles como Robinia pseudoacacia o Ailanthus altissima.

Carrizal y chopera-sauceda en el congosto de Olvena

Daphne gnidium en fruto (tóxico, por cierto)

Amelanchier ovalis. Sí, en flor ayer mismo, como pasa en otoños cálidos como éste. Las yemas preparadas para la primavera siguiente revientan antes de lo previsto y así tenemos una segunda floración extemporánea.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Zumban los insectos en torno a la hiedra

Cielo diáfano después de las cuatro gotas mañaneras (11 de noviembre), ya se ha levantado cierzo. ¿Son altocúmulos esas nubes?

Hasta que lleguen los fríos de verdad, Pararge aegeria se encuentra a gusto en mi jardín. La Naturaleza exhibe Geometrías en los capullos y flores de la hiedra. El 5 se repite mucho en el reino vegetal.

Cargando alforjas. Cuando sale el sol en estos cortos días de noviembre, los insectos se afanan en salir a buscar alimento. Algunos se ponen muy pesados (las moscas, sobre todo). ¿Será que escasean los nutrientes que necesitan o es que barruntan su cercano final?
La hiedra en flor atrae a gran cantidad y variedad de ellos.
Por cierto, cuántas veces se ve mal escrito "en torno a" (locución adverbial), confundido con "entorno" (sustantivo), quizá por cierta moda ecológica mal entendida.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Dejar huella
domingo, 25 de octubre de 2009
Un domingo, por casualidad
No todos los días ve uno una mariposa nueva, y menos tan inesperada. Esta mañana de domingo estaba en Ballobar (comarca del Bajo Cinca, Huesca), pues allí se ha celebrado un cross y me gustan esas cosas. Pero hoy no me apetecía competir, sólo correr, y después de que mis hijas han corrido sus respectivas carreras (muy bien, por cierto), yo he cogido una de las solitarias carreteras de Monegros, por las que corriendo puedes entrar en trance.
Pero antes de partir, me he parado a fotografiar unas plantas en flor junto a un barranco seco con halófilas (Inula crithmoides, Limonium latebracteatum y L. cf. costae) y, cuando estaba agachado, veo un aleteo naranja junto a mi. Me había parecido una Vanessa cardui, pero no, era una maravillosa Danaus chrysippus, la Mariposa Tigre. Sólo me ha dejado echarle una foto que no me ha quedado muy allá, qué le vamos a hacer. Pero estoy muy contento. En Huesca esta mariposa sólo aparece citada de los alrededores de Fraga, y por la Depresión del Ebro llega hasta Zaragoza. Es una potente migradora, más frecuente en zonas costeras, donde sus larvas se alimentan de Asclepidáceas. En esta zona, si es que se reproduce, sólo estarían disponibles del espectro de plantas citadas en la bibliografía, Cynanchum acutum y Calystegia sepium. A ver si puedo volver a intentar fotografiarla un día de estos, antes de que lleguen los fríos de verdad. En la foto está libando de Sonchus tenerrimus.

Danaus chrysippus, la Mariposa Tigre, potente migradora como su prima la Monarca

El barranco de Ballobar con tamarices y otras halófilas, donde vuela la Mariposa Tigre
Pero antes de partir, me he parado a fotografiar unas plantas en flor junto a un barranco seco con halófilas (Inula crithmoides, Limonium latebracteatum y L. cf. costae) y, cuando estaba agachado, veo un aleteo naranja junto a mi. Me había parecido una Vanessa cardui, pero no, era una maravillosa Danaus chrysippus, la Mariposa Tigre. Sólo me ha dejado echarle una foto que no me ha quedado muy allá, qué le vamos a hacer. Pero estoy muy contento. En Huesca esta mariposa sólo aparece citada de los alrededores de Fraga, y por la Depresión del Ebro llega hasta Zaragoza. Es una potente migradora, más frecuente en zonas costeras, donde sus larvas se alimentan de Asclepidáceas. En esta zona, si es que se reproduce, sólo estarían disponibles del espectro de plantas citadas en la bibliografía, Cynanchum acutum y Calystegia sepium. A ver si puedo volver a intentar fotografiarla un día de estos, antes de que lleguen los fríos de verdad. En la foto está libando de Sonchus tenerrimus.

Danaus chrysippus, la Mariposa Tigre, potente migradora como su prima la Monarca

El barranco de Ballobar con tamarices y otras halófilas, donde vuela la Mariposa Tigre
lunes, 5 de octubre de 2009
Castillo Mayor de Puértolas (30 y 31 de agosto de 2009)

Muros de piedra seca al inicio de la senda

Erebia euryale, hembra, 1750 m

Erebia euryale, cara superior

La Peña del Hombre al anochecer, con Tres Sorores al fondo

Subiendo a la cresta, Peña Montañesa al fondo

Herbazales de Molinia caerulea, 1800 m

Edelweiss (Leontopodium alpinum), 1750 m

Gentianella ciliata, 1750 m

Comienza la caminata a las 8:30 por las crestas meridionales

Los Llanos de Castillo Mayor con Succisa pratensis

Cuaderno y boli, herramientas imprescindibles para registrar lo que veo

Anochece sobre el valle del Cinca

Peña de Otal, Tendeñera, Sabocos, por el oeste

Las chovas graznan al atardecer. Tres Sorores al fondo

Los gordos frutos de Lilium pyrenaicum en un agujero del karst

El quebranta, compañero de los buitres

Borderea pyrenaica, excavé hasta dar con el xilopodio
Mis dos últimos días de vacaciones
Me ha salido un poco largo el relato, pero las experiencias vividas intensamente dan para mucho.
Castillo Mayor de Puértolas. 30 y 31 de agosto de 2009.
Salgo de Monzón a las 9:45, con cierta sensación de encogimiento por haber elegido un sitio tan agreste y solitario para pasar los dos últimos días de mis vacaciones. Me llevo tienda, saco y esterilla, y comida y bebida, aunque sospecho que debería traer más líquido para evitar sufrir de sed.
Voy sin compañía, algo poco recomendable por el tema de la seguridad, pero en esta ocasión lo he buscado a propósito. En Escanilla paro a ver a las dos Estheres (mi madre y mi hermana), que se reafirman en lo de que estoy un poco “p’allá” por irme solo. En fin.
Hay bastante tráfico en sentido contrario. Últimos kilómetros por la estrecha carretera hacia Puértolas y ya estoy aparcando junto a otros cuatro coches.
Me como una manzana, hago la mochila, me pongo protección solar y bebo todo lo que puedo antes de salir, más de un litro, que me vendrá bien para no pasar sed por el camino. Son las 12:20 cuando empiezo a andar (con la fresca, je, je), bordeo un montón de fiemo y tomo la senda ganadera.
Allí al lado, a 1.170 m de altitud, viven juntos una higuera y un almendro, en su límite altitudinal por estas tierras, prueba de lo soleada que es esta zona, donde el romero y la coscoja también suben mucho. Las merenderas ya están en flor, y en los bordes del camino, al pie de los muros de piedra seca, en suelo margoso, crecen plantas amantes del calor y resistentes a la sequedad, aunque necesitan humedad en invierno-primavera, como la gramínea Dichanthium ischaemum. A finales de verano florecen Odontites vulgaris, de flor rosa, y O. pyrenaeus, amarilla. De esta última sólo veo un ejemplar en un prado seco invadido de Rhinanthus ya muy pasados, a 1.250 m. Asciendo parapetado entre bojes, Viburnum lantana, zarzas, aligustre y espino albar, con alguna Gentiana cruciata, bastante pasada, en mitad de la senda. Más termófilas: Cephalaria leucantha y Leucanthemum pallens.
Atravieso el llamado “Prau del Cura”, a 1.275 m. Allí fue donde fotografié en junio el licénido Maculinea arion. Ahora la hierba está agostada. Me adentro en el pinar, poblado en los claros de aliaga, erizón y helecho común. Al salir de la zona más arbolada, la senda va ascendiendo suavemente entre quejigo, alguna carrasca, Rhamnus saxatilis y Amelanchier ovalis. Allí están las pedreras donde encontré hace años la rara Biscutella cichoriifolia, que no he conseguido ver en las últimas veces que he subido a la montaña. Erizón (carpín) y boj comienzan a hacerse dominantes. El camino cuza la antigua cancela del ganado, que yace desmadejada y abierta, casi irreconocible. Al pie de los acantilados encuentro alivio del fuerte sol bajo algunas grandes carrascas, quejigos y tilos. La senda se empina para adentrarse brevemente en la frondosidad del avellanar con serbales. Es hora de echar un trago. Saco una cerveza que ya estaba empezando a ponerse un poco caliente y engaño al estómago con unos frutos secos. Estoy en el borde de la majada inclinada en cuyo centro hay un viejo espino albar. Abundan las ortigas y asfódelos, y plantas de borde de bosque como Geranium sanguineum y los dos Lilium, pyrenaicum y martagon. Las oscuras Erebias revolotean al sol, imposible sacarles una foto. Lo intentaré más tarde.
A los 1.540 m abandono la protección del arbolado y afronto los vericuetos entre boj y erizón que me llevarán, 200 metros más arriba, a los Llanos del Castillo Mayor, donde pienso acampar. Son las 14 horas ya y bajan varios grupos de excursionistas que se paran y me dejan pasar amablemente cuando me ven subir cargado. Tengo calor y sudo copiosamente.
Hojas de Plantago argentea, inflorescencias de Laserpitium gallicum, sigo hacia arriba, gira que te gira mientras voy ganando altura, ya casi estoy, Thalictrum minus, el colladito y ... por fin, ante mí, los pastizales y la ancha y (según se mire) desolada cima del Castillo. Nadie.
Las dos y media. Busco sombra al pie de los peñascos cercanos y me como con deleite el arroz con verduras que me he traído en un túper y otros picoteos varios, bebo abundantemente, aunque siempre reservón sabiendo que me queda más de un día por delante y no hay otro líquido por aquí que el que me he subido en la mochila, no demasiado, por cierto. El agua turbia de lluvia del cercano abrevadero para el ganado mejor no tenerla en cuenta.
Baja todavía un grupo de rezagados de la cima del monte y me quedo solo, de dueño y señor (¡vaya!...) de la fortaleza, que me emociona y al mismo tiempo me angustia en cierta manera.
Los extensos rodales de Succisa pratensis están llenos de mariposas que liban ávidamente de las flores azuladas. Hay algunos Polyommatus, Lasiommata, Maniola jurtina, Hipparchia fagi y, sobre todo, Erebia, que posteriormente y con ayuda de las fotos que tomé identifico como E. euryale.
Pero estoy más pendiente de la flora. En los roquedos calizos que cierran los llanos por el sur, en torno a los 1.750 m, hay todavía alguna flor tardana de oreja de oso, aunque en los puntos más secos las rosetas vegetan deshidratadas. También son reconocibles: Allium senescens, Draba aizoides, Globularia repens, Dianthus hispanicus en rellanos soleados, Asplenium ruta-muraria, Campanula rotundifolia, Solidago virgaurea, Asperula hirta y Androsace villosa.
Planto con calma la tienda de campaña que me ha prestado para la ocasión mi amigo Carlos (la mía acabó el año pasado en un contenedor de Pineta, tras demostrar que tenía goteras después de una larga noche de lluvia). El suelo es profundo y no tengo que utilizar ninguna herramienta para hundir las clavijas, voy a dormir pues sobre el pasto mullido. Un hotel lujoso bajo el gran cielo pirenaico, que sigue límpido.
Una vez preparado el alojamiento, paso el resto de la tarde vagando y gozando por la parte occidental del Castillo Mayor. Primero por los riscos sobre los farallones meridionales, con mucha Sideritis pungens, Phyteuma orbiculare y Saponaria caespitosa. Además: Bupleurum ranunculoides, Euphrasia salisburgensis, Potentilla alchimilloides, Scabiosa columbaria, alguna mata de edelweiss, Cotoneaster integerrimus, Arenaria grandiflora, Plantago argentea y Teucrium pyrenaicum.
Planean y cantan al sol de la tarde los abejarucos, que nos indican, como la flora, lo presente que está lo mediterráneo en el Pirineo central español.
En una umbría de la solana, en una recoleta zona de lapiaz muy roto, encuentro algunos pies de la fabulosa Borderea pyrenaica, pariente de los ñames tropicales. La ajedrea sube prácticamente hasta la cumbre, entre algunas matas de boj y erizón.
Otras plantas anotadas esa tarde en los pastos pedregosos y pedreras: Vincetoxicum hirundinaria, Globularia gracilis, Epilobium collinum, Anthyllis montana, Paronychia kapela, Polygonatum verticillatum, Teucrium chamaedrys, Thymus vulgaris, Melica ciliata y Ononis striata, todavía con alguna flor tardana. En los pastos abunda Brachypodium rupestre y hay rodales del lastón de escobas (Molinia caerulea) en suelo temporalmente húmedo y decalcificado, a 1.800 m.
Me asomo al extremo occidental, la Peña del Hombre, un mazacote rocoso casi desprovisto de plantas, con bojes dispersos, ortigas en la cresta frecuentada por las cabras y poco más. La erosión de los pastos que se encuentran entre esta peña y el resto del Castillo ha avanzado desde la primera vez que estuve aquí, hace veinte años; tiene cierta forma de corazón y va desde un poco por debajo de la cresta hasta la embocadura de la canal de Comapuarta, uno de los accesos naturales a la montaña desde la Montaña de Sensa.
Veo moverse allí a varias marmotas, que no chillan, y me extraña, tanto el verlas en el Castillo Mayor como que no chillen, no deben de tener una colonia de cría establecida. También saltan las perdices pardillas y graznan las chovas.
Avanza la tarde, se oyen esquilas en alguna parte, he decidido que no descenderé hasta que no se ponga el sol.
Llego a la cresta cimera y, al mismo tiempo que me maravillo otra vez más con el espectáculo de las Tres Sorores a la luz rosada del atardecer, noto que me mira un buitre con su intensa mirada alerta y desconfiada, posado a tan solo diez metros de mí encaramado sobre el abismo de Escuaín. El viento mueve el collarín de plumas de la base de su cuello pelado; quieto ahí, me digo, le digo, déjame fotografiarte, no te vayas. Pero en cuanto hago el gesto de querer coger mi cámara el gran pájaro no lo duda y se lanza al vacío sin ruido alguno, con una elegancia y una seguridad pasmosas. Lástima ... Me dedico a fotografiar a las chovas, algo más confiadas. El sol se ha puesto tras los Sestrales y el cielo arde más a occidente, sobre Sabocos y Tendeñera.
En apenas media hora de descenso sorteando agujeros y bojes estoy junto a mi tienda. La noche se va adueñando del espacio. Hablo por el móvil con casa. Como algo, sin muchas ganas, bebo bastante. Me lavo los dientes enjuagándome la boca con agua de mi cantimplora. Me acerco hasta el “collado sur”, la puerta de los Llanos, y contemplo el valle del Cinca que va sumiéndose en sombras, la Peña Montañesa, la luz diluyéndose en la oscuridad. Brillan anaranjadas las luces de Laspuña, Ceresa, unas pocas en Puértolas, lejanas en Aínsa. Son las nueve.
Quietud, soledad, ansiadas y temidas. La luna está casi llena y su luminosidad eclipsa de momento el brillo de las estrellas.
Me encierro en la tienda con desgana, temiendo la larga noche de diez horas. La temperatura cae en picado. Me meto en el saco sin quitarme la ropa, luego me la voy quitando hasta quedarme sólo con la camiseta. Me voy apagando, me molestan un poco las esquilas de las ovejas que pastan cerca, han ido bajando desde la cresta. Pero noto cada vez menos el tintineo y me duermo a eso de las 10 de la noche. Pero a la 1:30 ya me despierto, el lecho es duro, al fin y al cabo, y estoy algo incómodo dentro del saco. Voy dando cabezadas, pero a las 5 me levanto, tras habérmelo pensado un rato, a vaciar la vejiga, y noto frío. Pero hay un regalo: sobre mí, el grandioso espectáculo de la cúpula celeste estrellada y sin luna, las constelaciones que observo con admiración e incredulidad. Hacía años que no veía cosa parecida. El frío, no obstante, me empuja otra vez adentro, al calor y la seguridad de mi saco de dormir.
No hay un solo sonido; el del agua, tan habitual en la montaña, no existe aquí. Consigo descabezar otro rato de sueño. Hacia el amanecer, comienzo a oír otra vez las esquilas. Me despierto a eso de las 7:30 y me levanto por fin a las 8, sin prisa. Hace frío afuera mientras desayuno. Supongo que la temperatura nocturna ha debido estar próxima a los 0º C, pues la mojadura de la madrugada ha devenido en escarcha, no hay que olvidar que estoy a 1.750 m.
Tomo algo de fruta, yogur, frutos secos y pan con queso, y bastante líquido. El sol aparece por el collado de Mallarruego y pronto lo inunda todo de luz, haciendo olvidar en un instante la noche y el frío, que parecen no haber existido. Surgen los colores, el azul, el verde, el gris, el pajizo. El más diverso, por supuesto, el verde, que va desde el claro del pasto de Brachypodium rupestre al oscuro de los austeros bojes.
Ya pronto me percato de que el día va a ser caluroso y que voy a hacer corto de agua. No obstante, me propongo hacer la mayor parte de la caminata de hoy por los cresteríos de la montaña, sobre todo de nuevo los occidentales, y las crestas cimeras.
Reflorecen al final del verano algunas plantas, como Phyteuma orbiculare, Leontodon hispidus, Cotoneaster integerrimus, Alyssum montanum, en algunos casos al ser recomidas por el ganado o los sarrios.
Muchas termófilas suben mucho en altitud en este monte aislado y soleado. Así, Sedum sediforme alcanza los 1.800 m y Melica ciliata llega casi hasta la cumbre, a 1.960 m.
Los Llanos de Castillo Mayor, según me ha contado gente de Puértolas, se subían a dallar en tiempos en que en el valle aún había “fuerza” de gente, sobre todo en los años 30 del siglo pasado. Las parcelas de “prao” que correspondían a las distintas casas se asignaban por “suertes”, e iban cambiando de un año para otro. Ésa era la hierba que se bajaba para alimentar a los animales en invierno, ya que los prados junto a los pueblos son cosa de tiempos más recientes, entonces eran panares, o sea, tierras dedicadas a cultivar alimentos para las personas, como cereales, o patatas allí donde la cercanía de un torrente o fuente permitía regar.
Me acerco a los herbazales de Molinia caerulea y tomo varios inventarios. No hay agua en superficie, pero sin duda está cerca o, al menos, debe de haberla en primavera y principios del verano. En estos parches con Molinia, a unos 1.800 m, abundan las plantas acidófilas, de brezal, como Calluna vulgaris, Stachys officinalis, Potentilla erecta, Nardus stricta o Danthonia decumbens. Además: Anthoxanthum odoratum, Lotus corniculatus, Filipendula vulgaris y Geranium sanguineum. Pero sin apenas transición, a tan sólo unos centímetros, aparecen especies de los pastos pedregosos en suelo calizo, como Teucrium pyrenaicum, Anthericum liliago o Brimeura amethystina. Estos rodales de Molinia caerulea, que me habían pasado desapercibidos hasta ayer mismo, son algo excepcional en este monte calizo tan falto de agua. En uno de ellos crece un pinito de un palmo (¿Pinus uncinata?), el único que he visto en los Llanos. Otra planta que cohabita con la Molinia es Festuca paniculata, con requerimientos ecológicos aparentemente bien diferentes. Estos herbazales dan paso bruscamente a los pastos de Brachypodium rupestre (=B. pinnatum subsp. rupestre) en cuanto disminuye la humedad edáfica.
La siguiente parada digna de mención tiene lugar en cuanto avisto de nuevo los primeros individuos de la reducida población de Borderea pyrenaica de esta parte de la solana del Castillo Mayor. Es fácil ir quitando las piedras sin romper los tallos, bastante más tenaces de lo que aparentan. A un palmo bajo la superficie llego al xilopodio, con aspecto de pequeña patata, o mejor ñame, enraizado en la tierra oscura, fértil, que se halla debajo de la capa de piedras rotas por los elementos y aparentemente estériles de lejos o si no prestamos cierta atención. Los pies femeninos tienen frutos, alguno de ellos ya maduros. Las hojas aparecen recomidas por algún insecto fitófago.
La mañana avanza con más calor. En lo alto de la canal de Comapuarta, en la erosión en forma de corazón, de las marmotas que vi la tarde anterior sólo veo su vano intento por excavar madrigueras, que tropieza con lo rocoso del terreno debajo de la primera capa de tierra.
Agachándome veo el pastizal salpicado de Euphrasia, E. hirtella, E, salisburgensis y quizá E. minima de flor blanca (¿E. sicardii?). Luego me da por subir hasta la cresta por la pétrea solana de la Peña del Hombre, que alcanza los 1.898 m de altitud. Es un mazacote de caliza karstificada, con escasos bojes y muchas ortigas en las anfractuosidades rocosas, señal de que las cabras, y también las ovejas, pululan por estas alturas desde hace mucho tiempo. Muchos buitres y un quebrantahuesos pasan planeando elegantemente sobre mi cabeza, cortando el aire. Los miro alejarse y perderse rápidamente en la distancia.
Cuando llego a lo alto el sol está ya muy arriba en el cielo y, sin ninguna sombra bajo la que refugiarme, me siento quemado y débil. La vista es soberbia hacia Escuaín, las Tres Marías y el Perdido. Comienzo a recorrer la cresta hacia la cima, que se encuentra hacia el este a unos cuantos cientos de metros de distancia. De pronto, aparecen cuatro cabras y una hembra preñada viene enseguida enfilada hacia mí, seguro que quiere sal. Me siento incómodo y le grito para que se vaya. No hay mucho sitio para moverse y trato de espantarla, al principio sin éxito. Luego se cansa de no sacarme nada y se va hacia los tres cabritos para juntos trepar roquedo arriba, en dirección contraria a la que yo llevo. Entonces, en el suelo, asomando entre las rocas, un guiño azul me hace agacharme y allí mora un único ejemplar de Campanula glomerata, de flores apiñadas formando una cabezuela. Por lo demás, mucha ortiga y cagarruta de cabra. Abunda también Teucrium chamaedrys y, en el tramo de cresta hasta la cumbre, un lugar inhóspito para casi todos los vegetales perennes, resisten bien plantas almohadilladas como Galium pyrenaicum y Saponaria caespitosa. Además veo algunas anuales traídas por el ganado, por lo demás banales, como Hordeum murinum o Crepis setosa. En los agujeros del karst, alguna planta que no recordaba de otras veces, como Geum pyrenaicum. Rhamnus alpina y Cotoneaster integerrimus asoman desde el lado norte de la cresta. El único ejemplar de Carduus carpetanus que vi en junio sigue en su sitio, aunque agostado.
Son las 13:20 cuando llego al vértice geodésico que marca el punto más alto del Castillo, 2.009 m o 2.014 m, según unos mapas u otros. El calor aprieta. Miro hacia Revilla, Escuaín, Gurrundué, Angonés, hasta el Posets, los picos de Eriste, Cotiella, Peña Montañesa, Sestrales, Tres Sorores. Luego, cuando ya estaba a punto de irme, descubro bajo una piedra un contenedor de plástico con tapa de color pistacho y lo abro. Dentro contiene una gorra, un mapa de Ordesa-Monte Perdido, cuaderno y boli y una tarjeta de un club de montaña de Bilbao. El cuaderno de firmas, o de cima, fue subido y estrenado, según consta, el 15 de agosto de este mismo año, hace sólo dos semanas, por un par de entusiastas vecinos de Puértolas. Me pongo a leer los comentarios, muchos en francés y en otros idiomas, uno hablan de sarrios, otros de buitres (“les vautours au rendez-vous”), otros por fin de la tortura del lapiaz cimero, la vista majestuosa o la buena idea de dejar un mapa y un cuaderno en la cima. También escribo yo unas líneas –que leerá, por cierto, un conocido de Monzón pocos días después-, a la sombra de una roca.
Vuelan algunas parejas de mariposas (Lasiommata maera). Debo iniciar el descenso, aunque no sin antes comer bajo la copa protectora de mi haya favorita, el Haya de Castillo Mayor, en singular, situada a 1.950 m de altitud; testimonio, junto con algún arce y serbal (Sorbus aria), del arbolado que debió de salpicar en el pasado la solana kárstica de esta montaña. Una gran rama yace tronchada y seca bajo la copa, rota por la nieve o en algún vendaval. El Haya tiene bastante fruto este año, y no dejo de asombrarme del lugar donde crece, en esta ladera rocosa infame en la sola compañía de otro árbol cercano, un Acer opalus. Los dos tienen la copa muy asimétrica, moldeada por el viento.
Hace un fresco delicioso a la sombra. Allí al lado, los agujeros (o alvéolos) del karst están llenos de plantas que encuentran en el fondo tierra fértil, como Lilium pyrenaicum y L. martagon, cargados de frutos gordos y estriados, junto con saúcos, avellanos, helechos (Dryopteris submontana), hierbas venenosas como Actaea spicata y acónitos (Aconitum vulparia y A. anthora), Polygonatum verticillatum y otras plantas de bosque. Las nitrófilas, aprovechándose de los excrementos del ganado, no desaprovechan la ocasión para hacerse un hueco, las que más las ortigas, pero también Asphodelus albus y Cirsium arvense. También hay algunos ejemplares de Allium oleraceum y uno recomido de Viburnum lantana.
Desde allí me dirijo a la parte oriental del karst, siempre buscando nuevas plantas. Anoto: Gymnocarpium robertianum, Borderea pyrenaica, Stipa calamagrostis, Geranium sylvaticum, Centaurea nigra, C. jacea, Rhaponticum cynaroides, Daphne mezereum, Ligusticum lucidum, Lonicera alpigena, Juniperus communis subsp. alpina, Rosa pendulina, Santolina chamaecyparissus subsp. pecten, Knautia arvernensis, Hypericum maculatum y Laserpitium latifolium. Y hojas e inflorescencias secas de Gentiana lutea en abundancia.
Avanza la tarde, son más de las 4 y tengo que ir pensando en dejar la montaña. Tengo sed y poco líquido para saciarla. Paso junto al abrevadero del ganado y recojo muestras de un par de plantas que ya vi ayer, Juncus compressus y Barbarea intermedia. También hay unos cuantos grandes champiñones en el borde de una dolina, que se quedaron allí.
Desmonto con pena la tienda de campaña. Son las 5 cuando emprendo la vuelta, bajo entre los erizones, me maravillo con los serbales cargados de fruto y después pongo la directa y antes de las 18:30 horas ya estoy junto al coche. Abro el maletero y me amorro a la garrafa de agua que dejé, que está caliente, por supuesto, pero bebo y bebo, lo menos un litro en varios tragos. Y después, aunque cansado, saco la prensa, me siento en el prado y me pongo a prensar todas las plantas recogidas durante esos dos días, que no son pocas. Y me encuentro tan a gusto allí, bajo la presencia protectora del Castillo Mayor que se va cargando de nubes... Ya no pica el sol, apenas hay viento y el trasiego de vehículos es escaso y no molesta.
Aunque creí que venía a despedirme de esta montaña que tantas veces he recorrido, aún quiero volver más veces, siempre quedan cosas pendientes, preguntas que contestar, rincones por donde no he pasado. Y gente amiga a la que enseñarles lo que he ido descubriendo a lo largo de los años.
Castillo Mayor de Puértolas. 30 y 31 de agosto de 2009.
Salgo de Monzón a las 9:45, con cierta sensación de encogimiento por haber elegido un sitio tan agreste y solitario para pasar los dos últimos días de mis vacaciones. Me llevo tienda, saco y esterilla, y comida y bebida, aunque sospecho que debería traer más líquido para evitar sufrir de sed.
Voy sin compañía, algo poco recomendable por el tema de la seguridad, pero en esta ocasión lo he buscado a propósito. En Escanilla paro a ver a las dos Estheres (mi madre y mi hermana), que se reafirman en lo de que estoy un poco “p’allá” por irme solo. En fin.
Hay bastante tráfico en sentido contrario. Últimos kilómetros por la estrecha carretera hacia Puértolas y ya estoy aparcando junto a otros cuatro coches.
Me como una manzana, hago la mochila, me pongo protección solar y bebo todo lo que puedo antes de salir, más de un litro, que me vendrá bien para no pasar sed por el camino. Son las 12:20 cuando empiezo a andar (con la fresca, je, je), bordeo un montón de fiemo y tomo la senda ganadera.
Allí al lado, a 1.170 m de altitud, viven juntos una higuera y un almendro, en su límite altitudinal por estas tierras, prueba de lo soleada que es esta zona, donde el romero y la coscoja también suben mucho. Las merenderas ya están en flor, y en los bordes del camino, al pie de los muros de piedra seca, en suelo margoso, crecen plantas amantes del calor y resistentes a la sequedad, aunque necesitan humedad en invierno-primavera, como la gramínea Dichanthium ischaemum. A finales de verano florecen Odontites vulgaris, de flor rosa, y O. pyrenaeus, amarilla. De esta última sólo veo un ejemplar en un prado seco invadido de Rhinanthus ya muy pasados, a 1.250 m. Asciendo parapetado entre bojes, Viburnum lantana, zarzas, aligustre y espino albar, con alguna Gentiana cruciata, bastante pasada, en mitad de la senda. Más termófilas: Cephalaria leucantha y Leucanthemum pallens.
Atravieso el llamado “Prau del Cura”, a 1.275 m. Allí fue donde fotografié en junio el licénido Maculinea arion. Ahora la hierba está agostada. Me adentro en el pinar, poblado en los claros de aliaga, erizón y helecho común. Al salir de la zona más arbolada, la senda va ascendiendo suavemente entre quejigo, alguna carrasca, Rhamnus saxatilis y Amelanchier ovalis. Allí están las pedreras donde encontré hace años la rara Biscutella cichoriifolia, que no he conseguido ver en las últimas veces que he subido a la montaña. Erizón (carpín) y boj comienzan a hacerse dominantes. El camino cuza la antigua cancela del ganado, que yace desmadejada y abierta, casi irreconocible. Al pie de los acantilados encuentro alivio del fuerte sol bajo algunas grandes carrascas, quejigos y tilos. La senda se empina para adentrarse brevemente en la frondosidad del avellanar con serbales. Es hora de echar un trago. Saco una cerveza que ya estaba empezando a ponerse un poco caliente y engaño al estómago con unos frutos secos. Estoy en el borde de la majada inclinada en cuyo centro hay un viejo espino albar. Abundan las ortigas y asfódelos, y plantas de borde de bosque como Geranium sanguineum y los dos Lilium, pyrenaicum y martagon. Las oscuras Erebias revolotean al sol, imposible sacarles una foto. Lo intentaré más tarde.
A los 1.540 m abandono la protección del arbolado y afronto los vericuetos entre boj y erizón que me llevarán, 200 metros más arriba, a los Llanos del Castillo Mayor, donde pienso acampar. Son las 14 horas ya y bajan varios grupos de excursionistas que se paran y me dejan pasar amablemente cuando me ven subir cargado. Tengo calor y sudo copiosamente.
Hojas de Plantago argentea, inflorescencias de Laserpitium gallicum, sigo hacia arriba, gira que te gira mientras voy ganando altura, ya casi estoy, Thalictrum minus, el colladito y ... por fin, ante mí, los pastizales y la ancha y (según se mire) desolada cima del Castillo. Nadie.
Las dos y media. Busco sombra al pie de los peñascos cercanos y me como con deleite el arroz con verduras que me he traído en un túper y otros picoteos varios, bebo abundantemente, aunque siempre reservón sabiendo que me queda más de un día por delante y no hay otro líquido por aquí que el que me he subido en la mochila, no demasiado, por cierto. El agua turbia de lluvia del cercano abrevadero para el ganado mejor no tenerla en cuenta.
Baja todavía un grupo de rezagados de la cima del monte y me quedo solo, de dueño y señor (¡vaya!...) de la fortaleza, que me emociona y al mismo tiempo me angustia en cierta manera.
Los extensos rodales de Succisa pratensis están llenos de mariposas que liban ávidamente de las flores azuladas. Hay algunos Polyommatus, Lasiommata, Maniola jurtina, Hipparchia fagi y, sobre todo, Erebia, que posteriormente y con ayuda de las fotos que tomé identifico como E. euryale.
Pero estoy más pendiente de la flora. En los roquedos calizos que cierran los llanos por el sur, en torno a los 1.750 m, hay todavía alguna flor tardana de oreja de oso, aunque en los puntos más secos las rosetas vegetan deshidratadas. También son reconocibles: Allium senescens, Draba aizoides, Globularia repens, Dianthus hispanicus en rellanos soleados, Asplenium ruta-muraria, Campanula rotundifolia, Solidago virgaurea, Asperula hirta y Androsace villosa.
Planto con calma la tienda de campaña que me ha prestado para la ocasión mi amigo Carlos (la mía acabó el año pasado en un contenedor de Pineta, tras demostrar que tenía goteras después de una larga noche de lluvia). El suelo es profundo y no tengo que utilizar ninguna herramienta para hundir las clavijas, voy a dormir pues sobre el pasto mullido. Un hotel lujoso bajo el gran cielo pirenaico, que sigue límpido.
Una vez preparado el alojamiento, paso el resto de la tarde vagando y gozando por la parte occidental del Castillo Mayor. Primero por los riscos sobre los farallones meridionales, con mucha Sideritis pungens, Phyteuma orbiculare y Saponaria caespitosa. Además: Bupleurum ranunculoides, Euphrasia salisburgensis, Potentilla alchimilloides, Scabiosa columbaria, alguna mata de edelweiss, Cotoneaster integerrimus, Arenaria grandiflora, Plantago argentea y Teucrium pyrenaicum.
Planean y cantan al sol de la tarde los abejarucos, que nos indican, como la flora, lo presente que está lo mediterráneo en el Pirineo central español.
En una umbría de la solana, en una recoleta zona de lapiaz muy roto, encuentro algunos pies de la fabulosa Borderea pyrenaica, pariente de los ñames tropicales. La ajedrea sube prácticamente hasta la cumbre, entre algunas matas de boj y erizón.
Otras plantas anotadas esa tarde en los pastos pedregosos y pedreras: Vincetoxicum hirundinaria, Globularia gracilis, Epilobium collinum, Anthyllis montana, Paronychia kapela, Polygonatum verticillatum, Teucrium chamaedrys, Thymus vulgaris, Melica ciliata y Ononis striata, todavía con alguna flor tardana. En los pastos abunda Brachypodium rupestre y hay rodales del lastón de escobas (Molinia caerulea) en suelo temporalmente húmedo y decalcificado, a 1.800 m.
Me asomo al extremo occidental, la Peña del Hombre, un mazacote rocoso casi desprovisto de plantas, con bojes dispersos, ortigas en la cresta frecuentada por las cabras y poco más. La erosión de los pastos que se encuentran entre esta peña y el resto del Castillo ha avanzado desde la primera vez que estuve aquí, hace veinte años; tiene cierta forma de corazón y va desde un poco por debajo de la cresta hasta la embocadura de la canal de Comapuarta, uno de los accesos naturales a la montaña desde la Montaña de Sensa.
Veo moverse allí a varias marmotas, que no chillan, y me extraña, tanto el verlas en el Castillo Mayor como que no chillen, no deben de tener una colonia de cría establecida. También saltan las perdices pardillas y graznan las chovas.
Avanza la tarde, se oyen esquilas en alguna parte, he decidido que no descenderé hasta que no se ponga el sol.
Llego a la cresta cimera y, al mismo tiempo que me maravillo otra vez más con el espectáculo de las Tres Sorores a la luz rosada del atardecer, noto que me mira un buitre con su intensa mirada alerta y desconfiada, posado a tan solo diez metros de mí encaramado sobre el abismo de Escuaín. El viento mueve el collarín de plumas de la base de su cuello pelado; quieto ahí, me digo, le digo, déjame fotografiarte, no te vayas. Pero en cuanto hago el gesto de querer coger mi cámara el gran pájaro no lo duda y se lanza al vacío sin ruido alguno, con una elegancia y una seguridad pasmosas. Lástima ... Me dedico a fotografiar a las chovas, algo más confiadas. El sol se ha puesto tras los Sestrales y el cielo arde más a occidente, sobre Sabocos y Tendeñera.
En apenas media hora de descenso sorteando agujeros y bojes estoy junto a mi tienda. La noche se va adueñando del espacio. Hablo por el móvil con casa. Como algo, sin muchas ganas, bebo bastante. Me lavo los dientes enjuagándome la boca con agua de mi cantimplora. Me acerco hasta el “collado sur”, la puerta de los Llanos, y contemplo el valle del Cinca que va sumiéndose en sombras, la Peña Montañesa, la luz diluyéndose en la oscuridad. Brillan anaranjadas las luces de Laspuña, Ceresa, unas pocas en Puértolas, lejanas en Aínsa. Son las nueve.
Quietud, soledad, ansiadas y temidas. La luna está casi llena y su luminosidad eclipsa de momento el brillo de las estrellas.
Me encierro en la tienda con desgana, temiendo la larga noche de diez horas. La temperatura cae en picado. Me meto en el saco sin quitarme la ropa, luego me la voy quitando hasta quedarme sólo con la camiseta. Me voy apagando, me molestan un poco las esquilas de las ovejas que pastan cerca, han ido bajando desde la cresta. Pero noto cada vez menos el tintineo y me duermo a eso de las 10 de la noche. Pero a la 1:30 ya me despierto, el lecho es duro, al fin y al cabo, y estoy algo incómodo dentro del saco. Voy dando cabezadas, pero a las 5 me levanto, tras habérmelo pensado un rato, a vaciar la vejiga, y noto frío. Pero hay un regalo: sobre mí, el grandioso espectáculo de la cúpula celeste estrellada y sin luna, las constelaciones que observo con admiración e incredulidad. Hacía años que no veía cosa parecida. El frío, no obstante, me empuja otra vez adentro, al calor y la seguridad de mi saco de dormir.
No hay un solo sonido; el del agua, tan habitual en la montaña, no existe aquí. Consigo descabezar otro rato de sueño. Hacia el amanecer, comienzo a oír otra vez las esquilas. Me despierto a eso de las 7:30 y me levanto por fin a las 8, sin prisa. Hace frío afuera mientras desayuno. Supongo que la temperatura nocturna ha debido estar próxima a los 0º C, pues la mojadura de la madrugada ha devenido en escarcha, no hay que olvidar que estoy a 1.750 m.
Tomo algo de fruta, yogur, frutos secos y pan con queso, y bastante líquido. El sol aparece por el collado de Mallarruego y pronto lo inunda todo de luz, haciendo olvidar en un instante la noche y el frío, que parecen no haber existido. Surgen los colores, el azul, el verde, el gris, el pajizo. El más diverso, por supuesto, el verde, que va desde el claro del pasto de Brachypodium rupestre al oscuro de los austeros bojes.
Ya pronto me percato de que el día va a ser caluroso y que voy a hacer corto de agua. No obstante, me propongo hacer la mayor parte de la caminata de hoy por los cresteríos de la montaña, sobre todo de nuevo los occidentales, y las crestas cimeras.
Reflorecen al final del verano algunas plantas, como Phyteuma orbiculare, Leontodon hispidus, Cotoneaster integerrimus, Alyssum montanum, en algunos casos al ser recomidas por el ganado o los sarrios.
Muchas termófilas suben mucho en altitud en este monte aislado y soleado. Así, Sedum sediforme alcanza los 1.800 m y Melica ciliata llega casi hasta la cumbre, a 1.960 m.
Los Llanos de Castillo Mayor, según me ha contado gente de Puértolas, se subían a dallar en tiempos en que en el valle aún había “fuerza” de gente, sobre todo en los años 30 del siglo pasado. Las parcelas de “prao” que correspondían a las distintas casas se asignaban por “suertes”, e iban cambiando de un año para otro. Ésa era la hierba que se bajaba para alimentar a los animales en invierno, ya que los prados junto a los pueblos son cosa de tiempos más recientes, entonces eran panares, o sea, tierras dedicadas a cultivar alimentos para las personas, como cereales, o patatas allí donde la cercanía de un torrente o fuente permitía regar.
Me acerco a los herbazales de Molinia caerulea y tomo varios inventarios. No hay agua en superficie, pero sin duda está cerca o, al menos, debe de haberla en primavera y principios del verano. En estos parches con Molinia, a unos 1.800 m, abundan las plantas acidófilas, de brezal, como Calluna vulgaris, Stachys officinalis, Potentilla erecta, Nardus stricta o Danthonia decumbens. Además: Anthoxanthum odoratum, Lotus corniculatus, Filipendula vulgaris y Geranium sanguineum. Pero sin apenas transición, a tan sólo unos centímetros, aparecen especies de los pastos pedregosos en suelo calizo, como Teucrium pyrenaicum, Anthericum liliago o Brimeura amethystina. Estos rodales de Molinia caerulea, que me habían pasado desapercibidos hasta ayer mismo, son algo excepcional en este monte calizo tan falto de agua. En uno de ellos crece un pinito de un palmo (¿Pinus uncinata?), el único que he visto en los Llanos. Otra planta que cohabita con la Molinia es Festuca paniculata, con requerimientos ecológicos aparentemente bien diferentes. Estos herbazales dan paso bruscamente a los pastos de Brachypodium rupestre (=B. pinnatum subsp. rupestre) en cuanto disminuye la humedad edáfica.
La siguiente parada digna de mención tiene lugar en cuanto avisto de nuevo los primeros individuos de la reducida población de Borderea pyrenaica de esta parte de la solana del Castillo Mayor. Es fácil ir quitando las piedras sin romper los tallos, bastante más tenaces de lo que aparentan. A un palmo bajo la superficie llego al xilopodio, con aspecto de pequeña patata, o mejor ñame, enraizado en la tierra oscura, fértil, que se halla debajo de la capa de piedras rotas por los elementos y aparentemente estériles de lejos o si no prestamos cierta atención. Los pies femeninos tienen frutos, alguno de ellos ya maduros. Las hojas aparecen recomidas por algún insecto fitófago.
La mañana avanza con más calor. En lo alto de la canal de Comapuarta, en la erosión en forma de corazón, de las marmotas que vi la tarde anterior sólo veo su vano intento por excavar madrigueras, que tropieza con lo rocoso del terreno debajo de la primera capa de tierra.
Agachándome veo el pastizal salpicado de Euphrasia, E. hirtella, E, salisburgensis y quizá E. minima de flor blanca (¿E. sicardii?). Luego me da por subir hasta la cresta por la pétrea solana de la Peña del Hombre, que alcanza los 1.898 m de altitud. Es un mazacote de caliza karstificada, con escasos bojes y muchas ortigas en las anfractuosidades rocosas, señal de que las cabras, y también las ovejas, pululan por estas alturas desde hace mucho tiempo. Muchos buitres y un quebrantahuesos pasan planeando elegantemente sobre mi cabeza, cortando el aire. Los miro alejarse y perderse rápidamente en la distancia.
Cuando llego a lo alto el sol está ya muy arriba en el cielo y, sin ninguna sombra bajo la que refugiarme, me siento quemado y débil. La vista es soberbia hacia Escuaín, las Tres Marías y el Perdido. Comienzo a recorrer la cresta hacia la cima, que se encuentra hacia el este a unos cuantos cientos de metros de distancia. De pronto, aparecen cuatro cabras y una hembra preñada viene enseguida enfilada hacia mí, seguro que quiere sal. Me siento incómodo y le grito para que se vaya. No hay mucho sitio para moverse y trato de espantarla, al principio sin éxito. Luego se cansa de no sacarme nada y se va hacia los tres cabritos para juntos trepar roquedo arriba, en dirección contraria a la que yo llevo. Entonces, en el suelo, asomando entre las rocas, un guiño azul me hace agacharme y allí mora un único ejemplar de Campanula glomerata, de flores apiñadas formando una cabezuela. Por lo demás, mucha ortiga y cagarruta de cabra. Abunda también Teucrium chamaedrys y, en el tramo de cresta hasta la cumbre, un lugar inhóspito para casi todos los vegetales perennes, resisten bien plantas almohadilladas como Galium pyrenaicum y Saponaria caespitosa. Además veo algunas anuales traídas por el ganado, por lo demás banales, como Hordeum murinum o Crepis setosa. En los agujeros del karst, alguna planta que no recordaba de otras veces, como Geum pyrenaicum. Rhamnus alpina y Cotoneaster integerrimus asoman desde el lado norte de la cresta. El único ejemplar de Carduus carpetanus que vi en junio sigue en su sitio, aunque agostado.
Son las 13:20 cuando llego al vértice geodésico que marca el punto más alto del Castillo, 2.009 m o 2.014 m, según unos mapas u otros. El calor aprieta. Miro hacia Revilla, Escuaín, Gurrundué, Angonés, hasta el Posets, los picos de Eriste, Cotiella, Peña Montañesa, Sestrales, Tres Sorores. Luego, cuando ya estaba a punto de irme, descubro bajo una piedra un contenedor de plástico con tapa de color pistacho y lo abro. Dentro contiene una gorra, un mapa de Ordesa-Monte Perdido, cuaderno y boli y una tarjeta de un club de montaña de Bilbao. El cuaderno de firmas, o de cima, fue subido y estrenado, según consta, el 15 de agosto de este mismo año, hace sólo dos semanas, por un par de entusiastas vecinos de Puértolas. Me pongo a leer los comentarios, muchos en francés y en otros idiomas, uno hablan de sarrios, otros de buitres (“les vautours au rendez-vous”), otros por fin de la tortura del lapiaz cimero, la vista majestuosa o la buena idea de dejar un mapa y un cuaderno en la cima. También escribo yo unas líneas –que leerá, por cierto, un conocido de Monzón pocos días después-, a la sombra de una roca.
Vuelan algunas parejas de mariposas (Lasiommata maera). Debo iniciar el descenso, aunque no sin antes comer bajo la copa protectora de mi haya favorita, el Haya de Castillo Mayor, en singular, situada a 1.950 m de altitud; testimonio, junto con algún arce y serbal (Sorbus aria), del arbolado que debió de salpicar en el pasado la solana kárstica de esta montaña. Una gran rama yace tronchada y seca bajo la copa, rota por la nieve o en algún vendaval. El Haya tiene bastante fruto este año, y no dejo de asombrarme del lugar donde crece, en esta ladera rocosa infame en la sola compañía de otro árbol cercano, un Acer opalus. Los dos tienen la copa muy asimétrica, moldeada por el viento.
Hace un fresco delicioso a la sombra. Allí al lado, los agujeros (o alvéolos) del karst están llenos de plantas que encuentran en el fondo tierra fértil, como Lilium pyrenaicum y L. martagon, cargados de frutos gordos y estriados, junto con saúcos, avellanos, helechos (Dryopteris submontana), hierbas venenosas como Actaea spicata y acónitos (Aconitum vulparia y A. anthora), Polygonatum verticillatum y otras plantas de bosque. Las nitrófilas, aprovechándose de los excrementos del ganado, no desaprovechan la ocasión para hacerse un hueco, las que más las ortigas, pero también Asphodelus albus y Cirsium arvense. También hay algunos ejemplares de Allium oleraceum y uno recomido de Viburnum lantana.
Desde allí me dirijo a la parte oriental del karst, siempre buscando nuevas plantas. Anoto: Gymnocarpium robertianum, Borderea pyrenaica, Stipa calamagrostis, Geranium sylvaticum, Centaurea nigra, C. jacea, Rhaponticum cynaroides, Daphne mezereum, Ligusticum lucidum, Lonicera alpigena, Juniperus communis subsp. alpina, Rosa pendulina, Santolina chamaecyparissus subsp. pecten, Knautia arvernensis, Hypericum maculatum y Laserpitium latifolium. Y hojas e inflorescencias secas de Gentiana lutea en abundancia.
Avanza la tarde, son más de las 4 y tengo que ir pensando en dejar la montaña. Tengo sed y poco líquido para saciarla. Paso junto al abrevadero del ganado y recojo muestras de un par de plantas que ya vi ayer, Juncus compressus y Barbarea intermedia. También hay unos cuantos grandes champiñones en el borde de una dolina, que se quedaron allí.
Desmonto con pena la tienda de campaña. Son las 5 cuando emprendo la vuelta, bajo entre los erizones, me maravillo con los serbales cargados de fruto y después pongo la directa y antes de las 18:30 horas ya estoy junto al coche. Abro el maletero y me amorro a la garrafa de agua que dejé, que está caliente, por supuesto, pero bebo y bebo, lo menos un litro en varios tragos. Y después, aunque cansado, saco la prensa, me siento en el prado y me pongo a prensar todas las plantas recogidas durante esos dos días, que no son pocas. Y me encuentro tan a gusto allí, bajo la presencia protectora del Castillo Mayor que se va cargando de nubes... Ya no pica el sol, apenas hay viento y el trasiego de vehículos es escaso y no molesta.
Aunque creí que venía a despedirme de esta montaña que tantas veces he recorrido, aún quiero volver más veces, siempre quedan cosas pendientes, preguntas que contestar, rincones por donde no he pasado. Y gente amiga a la que enseñarles lo que he ido descubriendo a lo largo de los años.
jueves, 1 de octubre de 2009
La acción de la erosión en 20 años (Castillo Mayor de Puértolas)
Así como en zonas de vocación forestal se observa en el Pirineo un avance del bosque por disminución de la presión ganadera y humana en general, y pastos más llanos son invadidos por el matorral de erizón, como ocurre en zonas altas de Ordesa, por ejemplo, en lugares sometidos a explotación natural debida a la propia orografía y a las duras condiciones meteolológicas, los pastos se ven cada vez más descarnados. ¿Cómo y cuándo empezó en este pasto de Castillo Mayor la perturbación que generó el detonante de la fuerte erosión en la zona central? Seguramente en un momento de intensa presión ganadera coincidiendo con una montaña humanamente mucho más poblada, como podrían ser los años 20 del siglo pasado.
Observad un rato las dos fotos, y sacad vuestras propias conclusiones. A unos 1900 m, en solana, entre la cima de Castillo Mayor y el Pico del Hombre (o de L'Ombre, según la real academia de toponimia aragonesa de Prames).

Primeros de julio de 1990

30 de agosto de 2009, al atardecer
Observad un rato las dos fotos, y sacad vuestras propias conclusiones. A unos 1900 m, en solana, entre la cima de Castillo Mayor y el Pico del Hombre (o de L'Ombre, según la real academia de toponimia aragonesa de Prames).

Primeros de julio de 1990

30 de agosto de 2009, al atardecer
sábado, 29 de agosto de 2009
El Spijoles (3.067 m) por el valle de Espingo (Haute Garonne). 17-19 de agosto
Imágenes y relato de la salida anual al Pirineo francés

La carte de randonnées del valle de Espingo

Salix herbacea. 2700 m

Cuatro plantas en poco trozo: Mucizonia sedoides, Sedum alpestre, Cardamine alpina, Murbeckiella pinnatifida. 2.900 m

Lluvia durante el descenso del pico

Lac Gelé, Seilh y Cap de la Bacque

Miguel y Toño

Una maravilla el panorama desde la cima del Spijoles

Cumbre del Spijoles (3.067 m)

El "aseado" camino al refugio de Espingo, 1.800 m

Cresta del Spijoles desde el refugio de Espingo

El Spijoles desde unos 2.600 m

Saxifraga aquatica. 1.800 m

Réfuge (1.967 m) et lac d'Espingo

Refugio de Espingo al atardecer del 18 de agosto

Lac Saussat (1.950 m), después de la lluvia

Caballos pastando junto al lac Saussat

Hayedo sobre el lac d'Oô

Gymnocarpium dryopteris. 1.400 m

Allium ericetorum junto al Relais du lac d'Oô

Parterre en el Relais du lac d'Oô

Paredón con variedad de colorido. Vallée d'Espingo, 1.250 m

La carte de randonnées del valle de Espingo

Salix herbacea. 2700 m
Phyteuma hemisphaericum. Cima del Spijoles, 3.067 m

Cuatro plantas en poco trozo: Mucizonia sedoides, Sedum alpestre, Cardamine alpina, Murbeckiella pinnatifida. 2.900 m
Spijoles. Poa cenisia a 2.900 m. Al fondo, el Perdiguero.

Lluvia durante el descenso del pico

Lac Gelé, Seilh y Cap de la Bacque

Miguel y Toño

Una maravilla el panorama desde la cima del Spijoles

Cumbre del Spijoles (3.067 m)

El "aseado" camino al refugio de Espingo, 1.800 m

Cresta del Spijoles desde el refugio de Espingo

El Spijoles desde unos 2.600 m

Saxifraga aquatica. 1.800 m

Réfuge (1.967 m) et lac d'Espingo

Refugio de Espingo al atardecer del 18 de agosto

Lac Saussat (1.950 m), después de la lluvia

Caballos pastando junto al lac Saussat

Hayedo sobre el lac d'Oô

Gymnocarpium dryopteris. 1.400 m

Allium ericetorum junto al Relais du lac d'Oô

Parterre en el Relais du lac d'Oô

Paredón con variedad de colorido. Vallée d'Espingo, 1.250 m
Nivellement général. Un tornillo clavado en una roca marcando la altitud al centímetro
Paradita para echar un trago fresco junto al lac d'Oô. 19 de agosto
Ahí va el relato de la salida:
El Spijoles por el Valle de Espingo. 17-19 de agosto de 2009.
Llevo un verano de levantarme tarde, pero hoy toca salir a la montaña, a sí que muevo antes que otros días. Ultimo los preparativos, compruebo otra vez si llevo suficiente comida y la ropa necesaria, y que no falten la cámara de fotos, ni la gorra, las botas y los calcetines, o la crema de protección solar. Me ducho y me afeito, desayuno y me cepillo los dientes.
Salimos el 17 a las 9 de la mañana. Aparece ante la puerta de casa Carlos con su Chrysler de gángster y después pasamos a recoger a Toño, que lleva vendado un tobillo. Tomamos rumbo a Graus, y allí pasamos todo el equipaje a la Kangoo de Miguel. José Peyron completa el quinteto. Un grupo variopinto, heterogéneo, de personajes peculiares. Toño ya había vaticinado lo mucho que nos íbamos a reír.
Vamos hasta el valle de Arán por el congosto de Obarra y el puerto de Bonansa. Ya se respira mejor. Alta Ribagorza, puerto de Viella, el túnel. Alguien sugiere desayunar en el parador de Viella. Amplitud, lujo, piscina de anuncio mirando a los verdes montes. Nadie bañándose, aunque sí tomando el sol, el agua debe de estar helada. Blusas y trajes planchados. Llegamos hasta Bossost y allí giramos bruscamente a la izquierda y comenzamos la ascensión al Portillón de Bossost y posterior descenso hasta Bagnères de Luchon. Hay algo de tráfico. La villa de Bagnères luce señorial y rebosa llena de turistas, que a la hora en que la cruzamos ya se afanan en buscar sitio para comer. Miguel sale a comprar un mapa de randonnées y a enterarse del horario de las termas, ya que se baraja la posibilidad de disfrutarlas el último día.
Nos perdemos a la salida de Luchon hacia el col de Peyresourde, aunque a la segunda acertamos. Oportunidad para echar un ojo a la calle principal, sus edificaciones y el ambiente. Pasado Saint Aventin tomamos hacia el pueblecito de Oô, que no sé si significará lo mismo que Eau, puestos a elucubrar, ya que en el grupo hay interés por las etimologías, aunque de ésta no hablamos.
Llegamos a las Granges d’Astau. Hace calor y el aparcamiento está lleno de coches. Sale uno y cogemos sitio a la sombra. Comemos allí mismo; en mi caso, pisto que me he llevado en un bote, queso, un lamín de postre y una lata de cerveza todavía fresca.
Cargamos las mochilas a cuestas e iniciamos la marcha. Hay procesión de gente que se encamina al lago de Oô. Junto al camino hay una capilla dedicada no sé si a Saint Christophe, con un jugoso mensaje pintado con esmero sobre el encalado a los dos lados de la puerta, en occitano y en francés. Dice más o menos así, para quien quiera sentirse aludido: “Si vous êtes un croyant, faites une prière; si non, respectez ce lieu. Et si vous êtes un âne, écrivez ici votre nom pour que chacun qui passe voit que vous êtes passé par ici”. El caso es que la fachada sigue limpia, con su santo pintado y los mensajes disuasorios solamente.
El camino hasta el lago de Oô va ganando altura a través del hayedo-abetal. Muchísima gente, bastante variada. Admiramos un paredón rocoso de colores azufrados y herrumbrosos, con musgos y helechos al pie, y presencia de grasilla en las zonas de goteo, y también Saxifraga clusii. En el bosque no se ve ni un solo boj, pero sí saúco rojo, algún pino albar, Lonicera xylosteum, arándano, helechos, fuentes, Angelica sylvestris, Saxifraga umbrosa, algún Quercus petraea, Hesperis matronalis aún con flor. Ruido de cascadas.
Paramos en el amable refugio “buvette” del lac d’Oô (1.527 m). Lago represado, hay una central hidroeléctrica más abajo. Hasta ese punto suben los suministros con un quad que está aparcado allí mismo, con un bidón de cerveza amarrado. Junto a la casa, un pequeño macizo de flores cultivadas, en el que predominan vistosas “malas hierbas” (Agrostemma githago, Centaurea cyanus, Cosmos bipinnatus). El pico Quaïrat está a la vista. A partir de este punto empiezan las cuestas más en serio y se ve mucha menos gente. Abunda Allium ericetorum entre la brecina, gayuba y arándanos. El hayedo en ladera inclinada sobre el lago, con abedul, es una maravilla, y una alta cascada se derrama al fondo proveniente de los lagos del circo de Espingo.
Plantas anotadas en este tramo (1500-1900 m): Athyrium filix-foemina, Serratula tinctoria, Gymnocarpium dryopteris, Blechnum spicant, Aconitum napellus, Aconitum vulparia, Cirsium palustre, Cirsium rivulare, Cicerbita plumieri, Calamagrostis arundinacea, Filipendula ulmaria, , Crepis paludosa, Succisa pratensis, Lilium pyrenaicum (en fruto), Convallaria majalis (hojas), Carduus carlinifolius, Scabiosa cinerea, Lathyrus laevigatus, Vicia orobus, Salix pyrenaica, Myrrhis odorata, Angelica razulii, Pimpinella major, Molinia caerulea. Comienza el pinar de pino negro con rododendro y arándano. Hacia los 1.800 m, junto a un torrente, viven Saxifraga aquatica, que todavía está en flor, lo mismo que Filipendula ulmaria, Crepis paludosa y Saxifraga stellaris. También se encuentra entre las piedras la crasulácea Rhodiola rosea (en fruto), frecuente hasta los 2.200 m en matorrales subalpinos, entre peñascos silíceos y junto a los torrentes. Ni rastro de Campanula glomerata en todo el camino, me habría gustado coger unas muestras para compararlas con las que he ido recolectando este verano en el Prepirineo y Pirineo españoles, y puntos del País Vasco, algunos junto al mar.
Me lleno la boca de arándanos y frambuesas esperando que Carlos vaya subiendo, al final tiene mal temple. José va jaleándolo y poco a poco nos acercamos al collado. Miguel y Toño ya deben de haber llegado hace rato. El camino está bien pavimentado, un auténtico camino de herradura con losas planas bien colocadas y curvas bien perfiladas, agradable de andar.
Llegamos por fin al refugio de Espingo (1.967 m), muy bien colocado sobre el lac d’Espingo (1.893 m) y cerca de lac Saussat (1.950 m). Son las 19:30 h. Todos se ponen a cenar, incluido Carlos que ya ha recuperado el (buen) temple. Yo tiro de las vituallas que me he subido a las espaldas, ya que los refugios de montaña no suelen tener buenos menús para vegetarianos.
El circo de Espingo es muy hermoso, cerrado a oriente por los picos de Quaïrat y Lézat, en medio está la Tusse de Montarqué y, a la derecha de un collado, nuestro objetivo del día siguiente, el Spijoles (3.067 m) con sus murallones, rematado por el Belloc, otro tresmil. Las cotas bajan hacia occidente. Al fondo, a la izquierda, por detrás del Lézat, asoma la mole del Perdiguero.
Después de la cena, todo el mundo se pone a gozar del paisaje, en solitario o en compañía. Menos el “gardien”, más prosaico, que se dedica a cobrar la cuenta a los que dejarán el refugio a la mañana siguiente. También hay quien se pone a echar una partida de juegos de mesa. El guarda, un tipo algo canoso, de ojos azules y cara de niño, que habla español, según dice, porque estuvo tres años trabajando en el refugio del Aconcagua, nos advierte que hay previsto riesgo de lluvia para el día siguiente, se ve que suele llover casi todas las tardes, a veces durante varias horas. Y no se equivocará.
Amanece despejado y ventoso el 18, martes. He dormido razonablemente bien, gracias sobre todo a la pastillica que me pasó Toño, que lo tiene bien claro a la hora de dormir en los refugios. Siempre ocurre que hay algún roncador, o alguien con pesadillas, o hace calor. Alguna de las tres cosas, o todas juntas, no falla.
Partimos cara arriba a las 8 de la mañana, no es que sea un madrugón, tampoco hace falta, pues volveremos a dormir en el mismo refugio a la noche siguiente. Carlos se queda, prefiere algo más relajado que estar andando 8 o 9 horas. Los caballos pastan junto al lac Saussat. Por allí se ven unas matas en flor del brezo en cruz (Erica tetralix), indicador de suelos higroturbosos ácidos, en medio de la mucho más abundante brecina (Calluna vulgaris). También hay Juncus bulbosus. José, con el tendón de Aquiles tocado, llega sólo hasta la Coume d’Aubesque (2.170 m), donde se separan los caminos del Portillon d’Oô y el Spijoles, cuyos farallones graníticos se yerguen en lo alto, muy arriba.
Ascendemos los tres, Miguel, Toño y yo, entre graderíos rocosos, pastos de Festuca eskia y matorrales subalpinos. Quedan pocas flores a estas alturas del verano; además, ovejas y sarrios van despuntando la hierba. Voy recolectando algunas plantas, Poa minor (creo), a 2.500 m, y una Festuca que todavía tengo que estudiar. Campanula scheuchzeri es casi la única nota de color. No hay sorpresas botánicas: un poco lo de siempre.
Entramos en zona de bloques y roquedos pulidos por la acción de glaciares pretéritos. Consigo fotografiar un acentor alpino que se acerca lo bastante. Quedan algunos neveros y un lago “gelé” con bastante hielo flotante todavía, a unos 2.800 m de altitud. Nos adelanta una pareja de vascos, chico y chica, que van ligeros, justo antes de una de las dos chimeneas fáciles que hay que salvar antes de ganar la cumbre. Llegamos sin problemas a la cima después de unas 4 horas y media. No es un tresmil demasiado visitado. Sin embargo, el panorama es superior, sublime: enfrente, el Gourgs Blancs con su satélite Jean Arlaud, y el Gourdon, el Seilh y Cap de la Bacque, con sus manchas residuales de hielo sucio y agrietado; los picos del Portillon d’Oô, Perdiguero, Royo, Punta Lliterola, Crabioules, Lézat y Quaïrat. Detrás del Gourgs Blancs aún asoma el Posets, y por el puerto de Oô algunos picos del valle de Estós, como Bardamina e Ixea. Al fondo, al sur, se ve lejano el Cotiella, tan irreal nos parece como el calor que quedó atrás en España. Al oeste, Bachimala y Culfreda. En la distancia, Néouvielle, Midi de Bigorre, Vignemale. Y cuencas lacustres rellenas de azul, Caillauas, Isclots, Milieu, Saussat, Gelé. Un helicóptero no cesa de zumbar en el aire de aquí para allá, al parecer haciendo un rescate, o simulacro.
El cielo se va cubriendo y hay cierta prisa por descender. Sin embargo, yo me demoro anotando las plantas de la cumbre, donde busco en vano la minúscula Draba fladnizensis, que encontré hace años en cumbres cercanas, el Seilh y el Royo-Lliterola. Éstas son las 20 especies que vi, entre bloques de esquisto y granito: Ranunculus glacialis, Poa laxa (abundante), Poa alpina, Luzula hispanica, Linaria alpina, Saxifraga bryoides, S. pubescens iratiana, S. moschata, Sedum alpestre, Armeria bubanii, Leucanthemopsis alpina, Erigeron uniflorus, Phyteuma hemisphaericum, Cardamine bellidifolia alpina (abundante), Minuartia sedoides, Festuca cf. glacialis, Silene acaulis, Cerastium alpinum, Carex curvula, Agrostis rupestris.
Y entre 2.990 m y 3.050 m: Draba carinthiaca, Thymus cf. nervosus, dos especies de Alchemilla, una de lámina foliar muy hendida y plateada por debajo y la otra menos hendida y algo glauca, Cerastium alpinum, Gentiana alpina, Trifolium alpinum (a 3.020 m, récord de altitud para este trébol en el Pirineo, pues en el aragonés ha sido observado “sólo” hasta 2.850 m y en el catalán a 2.800 m), Juniperus communis subsp. alpina, Euphrasia minima (flor blanca), Polystichum lonchitis, Potentilla nivalis, Veronica alpina, Sibbaldia procumbens, Arenaria moehringioides, Dryopteris cf. expansa, Doronicum grandiflorum (la planta más vistosa a esta altitud), Carex curvula y Carex parviflora.
Entre 2.900 y 3.000 m (cara sur): Poa cenisia (abundante), Luzula alpinopilosa, Mucizonia sedoides, Sedum alpestre, Geum montanum, Carex pyrenaica, Omalotheca supina, Murbeckiella pinnatifida, Euphrasia minima (amarilla), Pedicularis kerneri, Selinum pyrenaeum (forma enana), Primula integrifolia, Armeria alpina, Epilobium anagallidifolium. Carex sempervirens sube hasta 2.850 m, y el helecho Athyrium distentofolium también llega bastante arriba.
En la cumbre y parte del descenso se nos unió un tipo grotesco, en calzones y sombrero de paja, interesado sólo en narrar sus hazañas montañeras y en interrumpir constantemente las conversaciones ajenas. Afortunadamente, los hermanos Isla consiguieron cansarle y disuadirle de acompañarnos, mediante una mezcla de paradas inoportunas, preguntas capciosas y comentarios agudos.
La amenaza de lluvia se materializa en torno a los 2.500 m, pero llevamos paraguas, y además encontramos cobijo bajo unos grandes bloques rocosos. El ambiente es extraordinario, quiero decir, la mezcla de paisaje, sensaciones, esa lluvia que no nos moja, la conversación que no decae. En una tregua salimos del precario refugio de piedra, pero entonces comienza a llover más fuerte y sostenido. Sin embargo, con los paraguas y poniendo cuidado en la pisada bajamos bien, sin apenas resbalones. De pronto, una salamandra negra y amarilla llama mi atención. También hay algunas rapaces en el cielo.
Ya cerca de la Coume d’Aubesque vemos que alguien nos hace señas desde el umbral de una gruta de hielo atravesada por el agua de una cascada. Deben de ser Carlos y José, pero no vamos a su encuentro. Yo me quedo en las inmediaciones del lac Saussat, donde los caballos siguen pastando, y busco plantas en el matorral subalpino: nada extraordinario, anoto Sorbus chamaemespilus y Huperzia selago. Llego al refugio de Espingo a las 18:30, no demasiado cansado.
Después de cenar prensé el material recolectado entre papel de periódico, y luego lo metí entre un cartón doblado. Aguantó bien hasta casa.
Risas, amigos vacilones, algo de conversación en francés con dos chicas de Toulouse muy parecidas, de pelo corto y nariz respingona (Mylène y Marie-Christine), y otras sensaciones en el anochecer frente al anfiteatro rocoso, verde y azul de Espingo.
Pasé calor tirado en la litera corrida, no hay que llevarse saco a los refugios. Y sin pastilla se duerme mal, estuve oyendo el viento soplar toda la noche.
19 de agosto, miércoles. Partimos valle abajo sobre las 9 de la mañana, sin prisa. Conforme bajamos va haciendo más calor. Hablamos con José de Grecia y la Patagonia, y luego me quedo solo, con las piedras musgosas, los torrentes, los lujuriantes megaforbios, los troncos de las hayas, los helechos y las altas crestas lejanas. Otro día más sube una marabunta de gente hacia el lac d’Oô, muchos niños, perros en brazos para que no se cansen pues padecen del corazón, chicas en sandalias, pescadores con cañas, randonneurs. Tras el mediodía, el sol cae a plomo junto a las Granges d’Astau, la gente se remoja en el río, todas las sombras están cogidas, pero alejándonos un poco todavía pillamos una bajo un espino albar añejo. Agotamos las últimas vituallas y después volvemos a España cruzando tres puertos, el Peyresourde, con sus laderas cubiertas de helechales, Louron-Azet sobre Loudenvielle con su lago y termas y, por fin, larga subida junto a la Neste d’Aure hasta el túnel de Bielsa-Aragnouet y una penúltima parada en Chisagüés. Llegamos a Monzón al filo de la noche.
Llevo un verano de levantarme tarde, pero hoy toca salir a la montaña, a sí que muevo antes que otros días. Ultimo los preparativos, compruebo otra vez si llevo suficiente comida y la ropa necesaria, y que no falten la cámara de fotos, ni la gorra, las botas y los calcetines, o la crema de protección solar. Me ducho y me afeito, desayuno y me cepillo los dientes.
Salimos el 17 a las 9 de la mañana. Aparece ante la puerta de casa Carlos con su Chrysler de gángster y después pasamos a recoger a Toño, que lleva vendado un tobillo. Tomamos rumbo a Graus, y allí pasamos todo el equipaje a la Kangoo de Miguel. José Peyron completa el quinteto. Un grupo variopinto, heterogéneo, de personajes peculiares. Toño ya había vaticinado lo mucho que nos íbamos a reír.
Vamos hasta el valle de Arán por el congosto de Obarra y el puerto de Bonansa. Ya se respira mejor. Alta Ribagorza, puerto de Viella, el túnel. Alguien sugiere desayunar en el parador de Viella. Amplitud, lujo, piscina de anuncio mirando a los verdes montes. Nadie bañándose, aunque sí tomando el sol, el agua debe de estar helada. Blusas y trajes planchados. Llegamos hasta Bossost y allí giramos bruscamente a la izquierda y comenzamos la ascensión al Portillón de Bossost y posterior descenso hasta Bagnères de Luchon. Hay algo de tráfico. La villa de Bagnères luce señorial y rebosa llena de turistas, que a la hora en que la cruzamos ya se afanan en buscar sitio para comer. Miguel sale a comprar un mapa de randonnées y a enterarse del horario de las termas, ya que se baraja la posibilidad de disfrutarlas el último día.
Nos perdemos a la salida de Luchon hacia el col de Peyresourde, aunque a la segunda acertamos. Oportunidad para echar un ojo a la calle principal, sus edificaciones y el ambiente. Pasado Saint Aventin tomamos hacia el pueblecito de Oô, que no sé si significará lo mismo que Eau, puestos a elucubrar, ya que en el grupo hay interés por las etimologías, aunque de ésta no hablamos.
Llegamos a las Granges d’Astau. Hace calor y el aparcamiento está lleno de coches. Sale uno y cogemos sitio a la sombra. Comemos allí mismo; en mi caso, pisto que me he llevado en un bote, queso, un lamín de postre y una lata de cerveza todavía fresca.
Cargamos las mochilas a cuestas e iniciamos la marcha. Hay procesión de gente que se encamina al lago de Oô. Junto al camino hay una capilla dedicada no sé si a Saint Christophe, con un jugoso mensaje pintado con esmero sobre el encalado a los dos lados de la puerta, en occitano y en francés. Dice más o menos así, para quien quiera sentirse aludido: “Si vous êtes un croyant, faites une prière; si non, respectez ce lieu. Et si vous êtes un âne, écrivez ici votre nom pour que chacun qui passe voit que vous êtes passé par ici”. El caso es que la fachada sigue limpia, con su santo pintado y los mensajes disuasorios solamente.
El camino hasta el lago de Oô va ganando altura a través del hayedo-abetal. Muchísima gente, bastante variada. Admiramos un paredón rocoso de colores azufrados y herrumbrosos, con musgos y helechos al pie, y presencia de grasilla en las zonas de goteo, y también Saxifraga clusii. En el bosque no se ve ni un solo boj, pero sí saúco rojo, algún pino albar, Lonicera xylosteum, arándano, helechos, fuentes, Angelica sylvestris, Saxifraga umbrosa, algún Quercus petraea, Hesperis matronalis aún con flor. Ruido de cascadas.
Paramos en el amable refugio “buvette” del lac d’Oô (1.527 m). Lago represado, hay una central hidroeléctrica más abajo. Hasta ese punto suben los suministros con un quad que está aparcado allí mismo, con un bidón de cerveza amarrado. Junto a la casa, un pequeño macizo de flores cultivadas, en el que predominan vistosas “malas hierbas” (Agrostemma githago, Centaurea cyanus, Cosmos bipinnatus). El pico Quaïrat está a la vista. A partir de este punto empiezan las cuestas más en serio y se ve mucha menos gente. Abunda Allium ericetorum entre la brecina, gayuba y arándanos. El hayedo en ladera inclinada sobre el lago, con abedul, es una maravilla, y una alta cascada se derrama al fondo proveniente de los lagos del circo de Espingo.
Plantas anotadas en este tramo (1500-1900 m): Athyrium filix-foemina, Serratula tinctoria, Gymnocarpium dryopteris, Blechnum spicant, Aconitum napellus, Aconitum vulparia, Cirsium palustre, Cirsium rivulare, Cicerbita plumieri, Calamagrostis arundinacea, Filipendula ulmaria, , Crepis paludosa, Succisa pratensis, Lilium pyrenaicum (en fruto), Convallaria majalis (hojas), Carduus carlinifolius, Scabiosa cinerea, Lathyrus laevigatus, Vicia orobus, Salix pyrenaica, Myrrhis odorata, Angelica razulii, Pimpinella major, Molinia caerulea. Comienza el pinar de pino negro con rododendro y arándano. Hacia los 1.800 m, junto a un torrente, viven Saxifraga aquatica, que todavía está en flor, lo mismo que Filipendula ulmaria, Crepis paludosa y Saxifraga stellaris. También se encuentra entre las piedras la crasulácea Rhodiola rosea (en fruto), frecuente hasta los 2.200 m en matorrales subalpinos, entre peñascos silíceos y junto a los torrentes. Ni rastro de Campanula glomerata en todo el camino, me habría gustado coger unas muestras para compararlas con las que he ido recolectando este verano en el Prepirineo y Pirineo españoles, y puntos del País Vasco, algunos junto al mar.
Me lleno la boca de arándanos y frambuesas esperando que Carlos vaya subiendo, al final tiene mal temple. José va jaleándolo y poco a poco nos acercamos al collado. Miguel y Toño ya deben de haber llegado hace rato. El camino está bien pavimentado, un auténtico camino de herradura con losas planas bien colocadas y curvas bien perfiladas, agradable de andar.
Llegamos por fin al refugio de Espingo (1.967 m), muy bien colocado sobre el lac d’Espingo (1.893 m) y cerca de lac Saussat (1.950 m). Son las 19:30 h. Todos se ponen a cenar, incluido Carlos que ya ha recuperado el (buen) temple. Yo tiro de las vituallas que me he subido a las espaldas, ya que los refugios de montaña no suelen tener buenos menús para vegetarianos.
El circo de Espingo es muy hermoso, cerrado a oriente por los picos de Quaïrat y Lézat, en medio está la Tusse de Montarqué y, a la derecha de un collado, nuestro objetivo del día siguiente, el Spijoles (3.067 m) con sus murallones, rematado por el Belloc, otro tresmil. Las cotas bajan hacia occidente. Al fondo, a la izquierda, por detrás del Lézat, asoma la mole del Perdiguero.
Después de la cena, todo el mundo se pone a gozar del paisaje, en solitario o en compañía. Menos el “gardien”, más prosaico, que se dedica a cobrar la cuenta a los que dejarán el refugio a la mañana siguiente. También hay quien se pone a echar una partida de juegos de mesa. El guarda, un tipo algo canoso, de ojos azules y cara de niño, que habla español, según dice, porque estuvo tres años trabajando en el refugio del Aconcagua, nos advierte que hay previsto riesgo de lluvia para el día siguiente, se ve que suele llover casi todas las tardes, a veces durante varias horas. Y no se equivocará.
Amanece despejado y ventoso el 18, martes. He dormido razonablemente bien, gracias sobre todo a la pastillica que me pasó Toño, que lo tiene bien claro a la hora de dormir en los refugios. Siempre ocurre que hay algún roncador, o alguien con pesadillas, o hace calor. Alguna de las tres cosas, o todas juntas, no falla.
Partimos cara arriba a las 8 de la mañana, no es que sea un madrugón, tampoco hace falta, pues volveremos a dormir en el mismo refugio a la noche siguiente. Carlos se queda, prefiere algo más relajado que estar andando 8 o 9 horas. Los caballos pastan junto al lac Saussat. Por allí se ven unas matas en flor del brezo en cruz (Erica tetralix), indicador de suelos higroturbosos ácidos, en medio de la mucho más abundante brecina (Calluna vulgaris). También hay Juncus bulbosus. José, con el tendón de Aquiles tocado, llega sólo hasta la Coume d’Aubesque (2.170 m), donde se separan los caminos del Portillon d’Oô y el Spijoles, cuyos farallones graníticos se yerguen en lo alto, muy arriba.
Ascendemos los tres, Miguel, Toño y yo, entre graderíos rocosos, pastos de Festuca eskia y matorrales subalpinos. Quedan pocas flores a estas alturas del verano; además, ovejas y sarrios van despuntando la hierba. Voy recolectando algunas plantas, Poa minor (creo), a 2.500 m, y una Festuca que todavía tengo que estudiar. Campanula scheuchzeri es casi la única nota de color. No hay sorpresas botánicas: un poco lo de siempre.
Entramos en zona de bloques y roquedos pulidos por la acción de glaciares pretéritos. Consigo fotografiar un acentor alpino que se acerca lo bastante. Quedan algunos neveros y un lago “gelé” con bastante hielo flotante todavía, a unos 2.800 m de altitud. Nos adelanta una pareja de vascos, chico y chica, que van ligeros, justo antes de una de las dos chimeneas fáciles que hay que salvar antes de ganar la cumbre. Llegamos sin problemas a la cima después de unas 4 horas y media. No es un tresmil demasiado visitado. Sin embargo, el panorama es superior, sublime: enfrente, el Gourgs Blancs con su satélite Jean Arlaud, y el Gourdon, el Seilh y Cap de la Bacque, con sus manchas residuales de hielo sucio y agrietado; los picos del Portillon d’Oô, Perdiguero, Royo, Punta Lliterola, Crabioules, Lézat y Quaïrat. Detrás del Gourgs Blancs aún asoma el Posets, y por el puerto de Oô algunos picos del valle de Estós, como Bardamina e Ixea. Al fondo, al sur, se ve lejano el Cotiella, tan irreal nos parece como el calor que quedó atrás en España. Al oeste, Bachimala y Culfreda. En la distancia, Néouvielle, Midi de Bigorre, Vignemale. Y cuencas lacustres rellenas de azul, Caillauas, Isclots, Milieu, Saussat, Gelé. Un helicóptero no cesa de zumbar en el aire de aquí para allá, al parecer haciendo un rescate, o simulacro.
El cielo se va cubriendo y hay cierta prisa por descender. Sin embargo, yo me demoro anotando las plantas de la cumbre, donde busco en vano la minúscula Draba fladnizensis, que encontré hace años en cumbres cercanas, el Seilh y el Royo-Lliterola. Éstas son las 20 especies que vi, entre bloques de esquisto y granito: Ranunculus glacialis, Poa laxa (abundante), Poa alpina, Luzula hispanica, Linaria alpina, Saxifraga bryoides, S. pubescens iratiana, S. moschata, Sedum alpestre, Armeria bubanii, Leucanthemopsis alpina, Erigeron uniflorus, Phyteuma hemisphaericum, Cardamine bellidifolia alpina (abundante), Minuartia sedoides, Festuca cf. glacialis, Silene acaulis, Cerastium alpinum, Carex curvula, Agrostis rupestris.
Y entre 2.990 m y 3.050 m: Draba carinthiaca, Thymus cf. nervosus, dos especies de Alchemilla, una de lámina foliar muy hendida y plateada por debajo y la otra menos hendida y algo glauca, Cerastium alpinum, Gentiana alpina, Trifolium alpinum (a 3.020 m, récord de altitud para este trébol en el Pirineo, pues en el aragonés ha sido observado “sólo” hasta 2.850 m y en el catalán a 2.800 m), Juniperus communis subsp. alpina, Euphrasia minima (flor blanca), Polystichum lonchitis, Potentilla nivalis, Veronica alpina, Sibbaldia procumbens, Arenaria moehringioides, Dryopteris cf. expansa, Doronicum grandiflorum (la planta más vistosa a esta altitud), Carex curvula y Carex parviflora.
Entre 2.900 y 3.000 m (cara sur): Poa cenisia (abundante), Luzula alpinopilosa, Mucizonia sedoides, Sedum alpestre, Geum montanum, Carex pyrenaica, Omalotheca supina, Murbeckiella pinnatifida, Euphrasia minima (amarilla), Pedicularis kerneri, Selinum pyrenaeum (forma enana), Primula integrifolia, Armeria alpina, Epilobium anagallidifolium. Carex sempervirens sube hasta 2.850 m, y el helecho Athyrium distentofolium también llega bastante arriba.
En la cumbre y parte del descenso se nos unió un tipo grotesco, en calzones y sombrero de paja, interesado sólo en narrar sus hazañas montañeras y en interrumpir constantemente las conversaciones ajenas. Afortunadamente, los hermanos Isla consiguieron cansarle y disuadirle de acompañarnos, mediante una mezcla de paradas inoportunas, preguntas capciosas y comentarios agudos.
La amenaza de lluvia se materializa en torno a los 2.500 m, pero llevamos paraguas, y además encontramos cobijo bajo unos grandes bloques rocosos. El ambiente es extraordinario, quiero decir, la mezcla de paisaje, sensaciones, esa lluvia que no nos moja, la conversación que no decae. En una tregua salimos del precario refugio de piedra, pero entonces comienza a llover más fuerte y sostenido. Sin embargo, con los paraguas y poniendo cuidado en la pisada bajamos bien, sin apenas resbalones. De pronto, una salamandra negra y amarilla llama mi atención. También hay algunas rapaces en el cielo.
Ya cerca de la Coume d’Aubesque vemos que alguien nos hace señas desde el umbral de una gruta de hielo atravesada por el agua de una cascada. Deben de ser Carlos y José, pero no vamos a su encuentro. Yo me quedo en las inmediaciones del lac Saussat, donde los caballos siguen pastando, y busco plantas en el matorral subalpino: nada extraordinario, anoto Sorbus chamaemespilus y Huperzia selago. Llego al refugio de Espingo a las 18:30, no demasiado cansado.
Después de cenar prensé el material recolectado entre papel de periódico, y luego lo metí entre un cartón doblado. Aguantó bien hasta casa.
Risas, amigos vacilones, algo de conversación en francés con dos chicas de Toulouse muy parecidas, de pelo corto y nariz respingona (Mylène y Marie-Christine), y otras sensaciones en el anochecer frente al anfiteatro rocoso, verde y azul de Espingo.
Pasé calor tirado en la litera corrida, no hay que llevarse saco a los refugios. Y sin pastilla se duerme mal, estuve oyendo el viento soplar toda la noche.
19 de agosto, miércoles. Partimos valle abajo sobre las 9 de la mañana, sin prisa. Conforme bajamos va haciendo más calor. Hablamos con José de Grecia y la Patagonia, y luego me quedo solo, con las piedras musgosas, los torrentes, los lujuriantes megaforbios, los troncos de las hayas, los helechos y las altas crestas lejanas. Otro día más sube una marabunta de gente hacia el lac d’Oô, muchos niños, perros en brazos para que no se cansen pues padecen del corazón, chicas en sandalias, pescadores con cañas, randonneurs. Tras el mediodía, el sol cae a plomo junto a las Granges d’Astau, la gente se remoja en el río, todas las sombras están cogidas, pero alejándonos un poco todavía pillamos una bajo un espino albar añejo. Agotamos las últimas vituallas y después volvemos a España cruzando tres puertos, el Peyresourde, con sus laderas cubiertas de helechales, Louron-Azet sobre Loudenvielle con su lago y termas y, por fin, larga subida junto a la Neste d’Aure hasta el túnel de Bielsa-Aragnouet y una penúltima parada en Chisagüés. Llegamos a Monzón al filo de la noche.
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